El tren seguía con su incesante traqueteo casi inapreciable por las nuevas tecnologías. Pero el trayecto era el mismo y el cometido también.
Con la mirada puesta en el infinito, los árboles, los postes de la luz, las vacas pastando en el prado y los demás objetos parecían moverse más rápido que el tiempo. Mi cabeza apoyada en el cristal se bamboleaba con un minúsculo movimiento que me hacía cerrar los ojos.
Pude verte en la estación. Saludándome con la mano y llamándome a gritos.
Pude olerte al abrazarte y sentirte entre mis brazos.
Pude pensar que todo eso volvía a ser cierto.
Pero los sueños tiene esas propiedades. Las de hacer que parezcan realidad cuando no lo son.
Abrí los ojos y vi. como el tren aminoraba su paso y llegaba a la estación. Allí no estabas tú. Ni tú ni alguno de mis familiares. Solo los mandos del ejercito que se encargarían de llevarnos a nuestro destino.
Ojala esto fuese un sueño.
ROMUALDO.
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